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miércoles, 22 de agosto de 2012

EL VIAJE


Las lecturas del verano están como la propia estación rodeadas de somnolencia, vagancia, ociosidad y sobretodo…mucho calor.

Comencé a leer “El viaje del Elefante” de José Saramago, sabiendo que el libro al igual que su protagonista, pronto iba a emprender un largo viaje.

Me quedan tres días para que este ejemplar (prestado) de tapas amarillas salga de mi apartamento con destino a una aldea remota a unos 60 minutos de la capital de Ecuador, “Sierra Flor”.

Cuando la situación me obliga a finalizar una lectura, me  estreso  y este estrés, produce en mí, el efecto contrario al deseado o sea me ralentizo.

Siempre se me ocurre lo mismo, miro cuantas hojas tiene el libro que en este caso, son 270, le resto las que ya he leído 90 y divido la diferencia 180 entre 3 (los días que tengo para acabar su lectura), en este caso, me salen 60 páginas y como estoy de vacaciones puedo dividirlo en tres, leeré 10 páginas cuando venga de andar, 10 después de la siesta y 10 al terminar la merienda…

La organización así vista es perfecta pero falta que luego cumpla no ya con la lectura sino lo de andar, lo de la merienda y lo de la siesta porque en cuanto se altere alguna de esas cosas que son tan fácilmente alterables, con toda seguridad no podré leer las 10 páginas previstas y el libro irremisiblemente quedará sin terminar.

En ese caso, iniciará su viaje sin que yo haya conseguido finalizar la lectura, por tanto tendré pendiente una deuda con él y conmigo misma. Es como cuando no acabas de ver una película o te vas de un museo sin terminar de visitar todas las salas.

Estoy segura que el viaje que su dueña ha planificado y en el que va a participar, va a ser placentero. Desde el principio, el libro va a estar colocado en un lugar privilegiado, junto con el resto de lecturas que seguro habrá  seleccionado su dueña  para una ocasión así, la bolsa de aseo y la tablet.

Este elefante morado saldrá un martes de Valencia en tren hacía Madrid, el miércoles subirá en un avión con destino a Atlanta (9 horas y media) en Atlanta, después de dos horas, cogerá otro avión a Quito y eso son otras 5 horas y media más o sea en total 15 horas volando… creo que ni el halcón peregrino puede volar tantas horas seguidas.

Estoy segura que a su regreso este libro habrá crecido, engordado y hasta aumentado de volumen.

Allí va a tener una experiencia que no ceo que Saramago hubiese pensado para un ejemplar de los suyos.

Los viajes de los libros siempre son mucho más fascinantes que los de sus dueños. Los viajes de los libros son casi iguales a los que imaginan sus autores pero van un poco más allá de sus propias historias.

Cuando los libros viajan acompañan a su dueño a casi todos las partes, el libro coge el tren, va en metro, espera en la parada del taxi, recorre museos toma el sol en playas paradisiacas, sube montes imposibles, conoce gentes, hace nuevos amigos…añora a los suyos, llora, ríe a carcajadas…en fin disfruta del viaje.

El libro menos bañarse hace casi todo con su dueño de manera que cuanto más dura su andadura, más le va quedando al uno del otro.

Ahora estoy casi despidiendo a este libro ¡que no es mío! y del que ni siquiera he llegado a su ecuador con la esperanza de conocer un día su verdadera historia, con la certeza de que al regreso de su viaje cancelaré el compromiso adquirido.

Vuelve a mí malabarista de las letras, artista de las historias, conseguidor de palabras imposibles, dueño de los sueños de otros.
Regresa de tu viaje y cuéntame de nuevo lo vivido, hazme participe de toda tu experiencia para poder viajar de nuevo yo contigo.